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“No caigo, no quiero caer”: qué significa esa frase de la carta de Messi cuando perdemos a una persona querida

“No caigo, o mejor dicho, no quiero caer”. La frase aparece casi al comienzo de la carta que Lionel Messi publicó este miércoles para despedir a su padre, Jorge, y expone en pocas palabras un...

“No caigo, o mejor dicho, no quiero caer”. La frase aparece casi al comienzo de la carta que Lionel Messi publicó este miércoles para despedir a su padre, Jorge, y expone en pocas palabras una de las experiencias que suelen atravesar quienes acaban de perder a una persona cercana: saber lo que ocurrió y, al mismo tiempo, no alcanzar todavía a comprender del todo una realidad que resulta irreversible.

Jorge Messi murió el sábado a la madrugada, a los 68 años, en un sanatorio de Rosario, luego de que se agravara el cuadro de salud que atravesaba. Días después, el capitán de la selección argentina eligió hacer pública una despedida en la que reconstruyó escenas de una relación que excedió largamente el vínculo entre un padre y un hijo. Jorge fue quien lo acompañó desde sus primeros pasos en el fútbol, viajó con él a Barcelona cuando todavía era un adolescente y durante años fue también su representante.

“Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido. No caigo, o mejor dicho, no quiero caer. Se me hace muy difícil imaginarme que ya no te voy a ver más, que no vamos a hablar más”, escribió Messi. Más adelante, la carta se desplaza hacia los recuerdos, hacia aquello que alcanzaron a compartir y también hacia lo que quedó pendiente. “Todavía nos quedaba mucho por disfrutar juntos”, señaló.

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Ese recorrido que aparece en el texto —la incredulidad, la reconstrucción de los recuerdos, las preguntas sobre aquello que podría haber sido distinto y la dificultad para imaginar la vida que sigue— permite poner el foco sobre un proceso universal y, a la vez, profundamente individual: el duelo.

El duelo es la respuesta emocional y psicológica frente a una pérdida significativa. No constituye por sí mismo una enfermedad ni sigue necesariamente un recorrido uniforme. Puede involucrar tristeza, angustia, enojo, culpa, miedo, desconcierto y modificaciones en las rutinas, los vínculos y la forma en que una persona proyecta su futuro. Su intensidad y duración dependen, entre otros factores, de la historia personal, las circunstancias de la muerte y, especialmente, del vínculo con quien murió.

“Cuando muere un padre no se pierde solamente a una persona querida”, explica a LA NACION el psicólogo Sergio Azzara. “Muchas veces se pierde algo más: una figura que representa nuestra historia, nuestras raíces, nuestras identificaciones, nuestra identidad y nuestra pertenencia”.

Por eso, señala, la edad no necesariamente disminuye el impacto. Un hijo adulto puede experimentar frente a la muerte de uno de sus padres una profunda sensación de desamparo. “Cuando el vínculo era muy cercano pueden aparecer tristeza profunda, angustia, enojo, incredulidad, culpa y miedo. Y hay algo importante: no existe una manera correcta de hacer un duelo. Cada persona lo transita de acuerdo con su historia y con el vínculo que tenía con quien murió”, sostiene.

En la carta de Messi aparece repetidamente esa dificultad para hacer tangible la ausencia. “No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir”, escribió. Incluso una actividad que atravesó prácticamente toda su vida queda momentáneamente puesta en duda: “Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más”.

Para Azzara, las primeras horas y días posteriores a una muerte pueden estar atravesados precisamente por una distancia entre aquello que la persona conoce racionalmente y lo que todavía no puede asimilar emocionalmente.

“Uno puede conocer perfectamente lo ocurrido desde lo racional, pero al mismo tiempo sentir que eso no pasó, que es imposible”, explica. Frases como “no caigo”, “no quiero caer” o “no sé qué voy a hacer sin vos”, agrega, pueden expresar esa incredulidad inicial. “Muchas veces funciona como una protección frente a una realidad demasiado dolorosa para que pueda procesarse de golpe”.

El proceso supone, entre otras cosas, que esa ausencia vaya adquiriendo progresivamente una dimensión emocional. No ocurre necesariamente de una vez ni de manera lineal. “El duelo consiste, en parte, justamente en ir haciendo emocionalmente real esa ausencia. Y eso necesita tiempo”, dice Azzara.

La psicóloga Patricia Edit Fentanes menciona cinco instancias tradicionalmente asociadas al duelo: negación, culpa, desesperanza, rabia y aceptación. Sin embargo, advierte que la experiencia es particular en cada persona. No todos atraviesan necesariamente las mismas emociones, con igual intensidad ni en idéntico orden.

En el caso de una pérdida reciente, la negación no supone necesariamente desconocer lo sucedido. Puede manifestarse, por ejemplo, en la imposibilidad de imaginar que determinada rutina ya no se repetirá. Messi lo describe al recordar el último Mundial que disputó con su padre enfermo: “Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje”.

Allí aparece otro de los elementos frecuentes del duelo: la memoria empieza a reconstruir el vínculo a partir de escenas concretas. En su despedida, Messi vuelve sobre los entrenamientos de su infancia, los partidos a los que su padre nunca faltaba, las conversaciones cotidianas y la final que Jorge no llegó a ver.

“Cuando alguien muere, nuestra mente vuelve sobre la historia compartida con esa persona: lo que vivimos, lo que dijimos, pero también lo que no dijimos y lo que quedó pendiente”, explica Azzara. Pueden aparecer entonces preguntas contrafácticas: qué habría ocurrido si se hubiera actuado de otra manera, qué conversación faltó o qué experiencia podría haberse compartido.

La carta contiene una de esas preguntas. Al recordar que su padre había empeorado pocos días antes de la final, Messi escribió: “Faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?”.

Para Azzara, esos pensamientos son esperables. “Es una forma de intentar reorganizar una historia que quedó abruptamente cerrada”, señala. En ese recorrido también puede aparecer la culpa, incluso cuando objetivamente no existe responsabilidad alguna por la muerte.

Con el paso del tiempo, explica el especialista, un proceso de duelo saludable permite que el recuerdo deje de quedar concentrado exclusivamente en aquello que faltó y pueda incorporar también lo que efectivamente existió. Lo compartido no desaparece con la muerte, pero comienza a adquirir otro lugar.

Esa transformación es central para comprender por qué los especialistas evitan reducir el duelo a la idea de “superar” una muerte. La palabra puede sugerir que existe un momento en el que la pérdida deja definitivamente de afectar o en el que quien murió debería dejar de ocupar un lugar emocional.

“Yo evitaría hablar de superar la muerte de alguien querido”, plantea Azzara. “El objetivo del duelo no es que nos deje de importar esa persona, no es olvidar ni dejar atrás a quien murió”.

La elaboración de la pérdida supone, en cambio, aprender a desenvolverse en una realidad modificada por esa ausencia. “Es aprender a vivir en un mundo en el que esa persona ya no está físicamente, que es otro mundo, un mundo diferente, y al mismo tiempo encontrar una nueva manera de conservar ese vínculo”, explica.

Fentanes coincide en que la relación puede continuar bajo otra forma. En los vínculos especialmente estrechos, señala, es posible mantener internamente la presencia de quien murió: recordarlo, hablarle o recurrir mentalmente a aquello que habría dicho ante determinada situación. Esas experiencias, sostiene, pueden formar parte de un proceso normal de duelo.

En las últimas líneas de su carta, Messi parece desplazarse justamente hacia esa dimensión. Después de la incredulidad, las preguntas y aquello que quedó sin compartir, aparece la búsqueda de una continuidad simbólica: “Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo”.

No desaparece allí la pérdida ni se clausura el dolor. Lo que comienza a formularse es otra manera de relacionarse con alguien que ya no está físicamente. “Al principio, recordarla puede producir mucho dolor, pero con el tiempo ese mismo recuerdo puede empezar a generar también cariño, nostalgia, gratitud e incluso alegría”, explica Azzara.

El duelo no borra la ausencia. Tampoco tiene un plazo idéntico para todos ni una secuencia que pueda aplicarse mecánicamente a cada pérdida. Lo que cambia, según los especialistas, es la forma de convivir con ella: aquello que inicialmente puede resultar imposible de asimilar encuentra, con el tiempo, un lugar dentro de una vida que debe reorganizarse.

“La ausencia permanece —resume Azzara—, pero cambia la manera en que la llevamos con nosotros, en nuestra mente, nuestros sentimientos y nuestras emociones”.

El psicólogo José Eduardo Abadi, por su parte, explica a LA NACION que la muerte de un padre puede representar un punto de inflexión independientemente de la edad del hijo. “Es un momento de cambio fundamental”, señala. La pérdida modifica un lugar que hasta entonces permanecía ocupado por una figura de referencia, protección o contención.

“La muerte de un padre nos pone frente a la noción de la realidad de la muerte, no como un abstracto, sino como una verdad concreta”, sostiene. En un primer momento, agrega, puede aparecer la sensación de un “mundo más despoblado”, que comienza a transformarse a medida que avanza la elaboración.

Esa primera instancia puede estar marcada por una contradicción similar a la que aparece en la carta de Messi: saber que alguien murió y, al mismo tiempo, no poder aceptar todavía su ausencia. “Siempre que hemos perdido a un ser querido hay un punto en el cual lo sabemos, pero todavía no lo aceptamos”, explica Abadi. Según el especialista, el duelo comienza justamente con esa dificultad y luego pueden aparecer la tristeza y el enojo por aquello que falta.

El objetivo no es llenar el vacío ni reemplazar a quien murió, sino modificar la manera en que permanece en la vida de quien atraviesa la pérdida. “Cuando el duelo es bien trabajado, esa representación de la figura amada queda alojada en nuestra memoria amorosa”, afirma. Así pueden surgir diálogos interiores: pensar qué habría dicho esa persona, cómo habría reaccionado o qué consejo habría dado. Se trata, aclara, de una continuidad simbólica del vínculo.

Los recuerdos también cumplen una función. “Son una manera de tenerlo presente, de traerlo, casi como de retenerlo para que no se vaya”, dice. Con ellos suelen aparecer las cuentas pendientes: aquello que no se dijo, una conversación que faltó o una última demostración de afecto. “Siempre está la vivencia de que algo no está completo”, señala.

Abadi advierte, sin embargo, que esa percepción no debería convertirse necesariamente en culpa. “Siempre está la sensación de que se podía haber dado un paso más. Eso es la vida”.

La elaboración tampoco implica borrar la herida. El especialista utiliza la imagen de una cicatrización: puede permanecer una marca, pero deja de impedir que la persona continúe. “El testimonio de que el duelo ha podido ser bien trabajado es que, en homenaje a ese ser que uno ha perdido, puede salir a la vida, a amar, a volver a dar, a ofrecer”, concluye.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/sociedad/no-caigo-no-quiero-caer-que-significa-esa-frase-de-la-carta-de-messi-cuando-perdemos-a-una-persona-nid12082026/

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