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Una abogada y narradora participó de una maratón de relatos en Marrakech que se extendió durante 80 horas y 32 minutos

“Narrar cuentos es sanador porque yo creo que hay una comunicación entre almas cuando se cuenta algo, porque vos, al contar, estás transmitiendo amor”. Graciela Joaquín, “la Juje”, suelt...

“Narrar cuentos es sanador porque yo creo que hay una comunicación entre almas cuando se cuenta algo, porque vos, al contar, estás transmitiendo amor”. Graciela Joaquín, “la Juje”, suelta la frase con una voz clara, precisa y dulce que atraviesa el murmullo del café del centro de Lomas de Zamora y acompaña el humo que se eleva de la taza. Con la cadencia pausada de quien aprendió a habitar el silencio a 3200 metros de altura, su vida es un puente asombroso entre la aridez puneña de su infancia —es oriunda de La Quiaca—, las formalidades de los Tribunales y el bullicio mágico de la plaza Jemaa el-Fna, en Marruecos.

Abogada en ejercicio, vecina de Lomas de Zamora y narradora oral por profunda vocación, Graciela desafía la prisa de la era digital con la herramienta más antigua y democrática de la humanidad: la voz viva. Hija de un inmigrante sirio que escapó de la guerra y de una madre salteña descendiente de moros, su historia familiar parece anticipar ese destino de relatos, viajes y encuentros que la llevaría hasta Marrakech, donde participó de una maratón de narración que se extendió durante tres días y diez minutos y quedó registrada en los récords Guinness.

El frío cala hondo en La Quiaca de los años sesenta. En ese punto extremo de la patria, donde las casas se cerraban temprano para ganarle al frío de las noches puneñas, después de jornadas marcadas por una gran amplitud térmica, Graciela descubrió que las historias servían, ante todo, para conservar el calor.

—¿Cómo fue criarse en una frontera tan extrema y qué papel jugaba la oralidad en aquella casa de La Quiaca?

—Nací y me crié en La Quiaca, una ciudad chiquita y muy fría. En esa época no había tecnologías y pasábamos mucho tiempo adentro. Pero yo tuve una fortuna enorme: mi papá, Juan Elías Joaquín, era un gran contador de historias. Cuando empecé el colegio, la maestra me pidió que contara un cuento y yo expuse los que él me decía. La señorita se asombró porque nunca los había escuchado. Cuando volví a casa y se lo conté, papá sonrió y me dijo: “Es mi vida. Es mi vida de pastor en mi pueblo, Muara Sednaya, muy cerca Damasco, en Siria, cuando llevaba a pastar las ovejas y las cabras o nos perseguían por ser cristianos”. Él era comerciante, tenía un molino de maíz, producía harina que era la base del consumo de las comunidades originarias y que, cuando yo nací, rebautizó ‘Gracielita’ en mi honor. Yo era la menor de siete hermanos y la única mujer, así que crecí diciendo que éramos siete varones.

—¿Había libros en esa casa de inmigrantes donde el relato fluía tan naturalmente?

—Mis padres no tenían estudios formales; mi papá no terminó la primaria y mi mamá apenas hizo la secundaria, pero amaban la lectura. Papá leía el diario de punta a punta y mamá amaba la poesía de Gustavo Adolfo Bécquer, Alfonsina Storni y el romancero español. Ella leía La guerra y la paz (León Tolstói) y tardaba meses, pero lo disfrutaba a su ritmo. Yo heredé esa pasión. A los diez años, mi cuñada Negrita Cabana —que fue maestra rural y hoy es una gran referente cultural y coplera en Jujuy— me regaló Mi planta de naranja lima (José Mauro de Vasconcelos). Ese libro me abrió un universo. En La Quiaca solo había una biblioteca muy solemne, de esas donde no te dejaban tocar los libros, así que me volví una lectora empedernida buscando textos donde fuera. Porque para ser un buen narrador, primero hay que ser un excelente lector.

Del Derecho a “esculpir el aire con palabras”

La vida de Graciela bien podría ser una de sus propias narraciones. A los 15 años sufrió la pérdida de su madre. Dispuesta a quedarse a cuidar a su padre en Jujuy, fue el empujón de uno de sus hermanos mayores el que la animó y apoyó o a rendir el ingreso para abogacía, su pasión, en la Universidad de Tucumán. Allí, entre carpetas de derecho romano y pasillos universitarios, el azar y el amor volvieron a barajar las cartas de su destino.

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—¿Cómo se cruzan en su vida la abogacía y el descubrimiento tardío de la narración oral?

—A Tucumán llegué para estudiar Derecho y allí conocí el amor, quien sería mi marido, un chico de Buenos Aires que estudiaba Geología en el norte, porque quería hacer trabajo de campo en los cerros. Nos enamoramos, él se recibió, consiguió una beca del Conicet en Buenos Aires y yo, al terminar las últimas materias, me vine con él por amor y por azar. Me afinqué en Lomas de Zamora y ejercí la abogacía durante años. Yo no sabía que la narración era un arte escénico o una profesión. En el estudio jurídico donde trabajaba les encantaba que les contara lo que pasaba en las audiencias porque yo le ponía mucha gracia, pero nada más. Hasta que un día, escuchando la radio, todo cambió.

—¿Qué fue lo que escuchó en esa radio?

—Escuchaba siempre a Alejandro Apo y su programa Todo con afecto, donde pasaban cuentos antes del fútbol. Un sábado, Alejandro anunció: “Quiero contarles que mi mamá va a dar un curso de narración oral en San Telmo”. Anoté la dirección en la calle México en CABA pensando que era un taller de lectura. Cuando fui, me encontré con Dora Apo y con Claudio Ledesma, un maestro maravilloso. Ese primer día me enamoré perdidamente de este arte. No podía creer que existiera la narración oral escénica. Cursé el seminario de dos años con ellos y nunca dejé de formarme. Con el tiempo, armamos el grupo “Boca Florida” en Capital y luego, con narradoras de zona sur, “Alma de Cuentos”, con quienes ya llevamos más de ocho años de actividad. Nos conocimos en una narración solidaria en la confitería El Nido, luego contamos en el Museo Americanista de Lomas de Zamora y muchos otros espacios culturales y escuelas.

—Existe un equívoco muy frecuente en los medios, e incluso en el público, que confunde leer un libro en voz alta, actuar un monólogo o narrar. ¿Dónde radica la verdadera identidad de su oficio?

—¡Es que en casi todas las notas que me hacen terminan escribiendo que voy a “leer”! —se ríe Graciela, con una mezcla de resignación y firmeza—. No es leer, es narrar. La diferencia es profunda: narrar no es repetir de memoria ni tampoco es actuar. En el teatro se representa un personaje; en la narración estás contando la historia, ya sea en primera o en tercera persona, pero siempre desde vos misma. Nosotros pasamos el texto escrito a la oralidad, desprendiéndonos del papel para transmitir imágenes puras. Es un puente de ida y vuelta: yo digo “árbol” y mi árbol va a ser diferente al árbol que vos estás imaginando, pero cada persona en el público dibuja su propio árbol en la mente. Para lograrlo, se pone el cuerpo, las manos, los ojos, las expresiones y los silencios, pero sin perder la literalidad del espíritu del autor. Por eso mi cuñada, Negrita Cabana, me insiste siempre con que yo esculpo en el aire y que debería publicar un libro. Yo le respondo que me gusta así: tejer el aire con hilos narrativos y las historias que se entrelazan de forma invisible, para que las palabras se queden a vivir en el corazón de quien escucha.

—Hay una tensión en su vida entre su profesión de abogada y el refugio del arte. Sé que hay una anécdota con su hija Sofía, en medio de un viaje, que ilustra perfectamente ese contraste entre “el afuera” y su universo literario...

—¡Sí, es tal cual! —se sonríe—. Hace poco estábamos en un Festival de Narración en Tucumán y mi hija Sofi nos mandó un mensaje para ver cómo estábamos. Justo el día anterior había habido un lío bárbaro en el país. Yo le contesté: “Bien, hija. Yendo a un taller de títeres”. Y ella me respondió muerta de risa: “Jaja, el país se viene abajo, el mundo se viene abajo y ustedes se van a un taller de títeres”. Para ella era algo insólito vernos en esa sintonía. Y la verdad es que en ese momento nosotros no estábamos pegados a la televisión; estábamos, literalmente, habitando otro mundo. Eso no significa que yo viva en una burbuja o alejada de la realidad; por mi profesión de abogada, de hecho, estoy cotidianamente muy cerca de las situaciones más complejas y reales. Pero precisamente por eso, la narración, los cuentos y el arte son un cable a tierra maravilloso y sumamente necesario para preservar la sensibilidad.

Récord Guinness como narradora

En octubre de 2024, Graciela recibió un mail con una invitación que parecía salida de una fantasía oriental: viajar a Marrakech en enero, con todo pago, para participar de un festival internacional. El origen de aquella llamada se remontaba a la pandemia de 2020, cuando el narrador mexicano Germán Argueta la convocó a formar parte, junto a otros narradores de diferentes países, en la Fogata de cuentos, una serie de transmisiones en vivo por Facebook destinadas a acompañar emocionalmente a personas aisladas en distintos lugares del mundo. Aquellos videos, grabados en la intimidad de su casa en Lomas de Zamora, llegaron hasta los organizadores del festival en Marruecos y en Londres.

—¿Cómo fue encontrarse en una plaza milenaria de Marruecos siendo la única representante de toda América Latina?

—Fue un sueño impensado. Éramos 106 narradores de todo el mundo. El festival lo organizaba el gobierno de Marruecos junto a narradores de Londres, porque el Rey estaba preocupado por cómo la juventud perdía el hábito de narrar debido al uso de las pantallas. Nos alojaron en riads, que son antiguos palacios árabes. En la primera cena de gala nos anunciaron que intentaríamos romper un récord Guinness de narración oral ininterrumpida. Para lograrlo, levantaron una carpa inmensa decorada con alfombras y almohadones en la mítica plaza Jemaa el-Fna, un lugar alucinante lleno de encantadores de serpientes, acróbatas y músicos.

—¿Cuáles eran las exigencias técnicas del jurado para validar ese récord?

—La jueza veedora de los Guinness controlaba todo con celulares grabando en vivo. Las reglas eran estrictas: la narración no podía interrumpirse bajo ninguna circunstancia; cada relato debía durar como mínimo tres minutos; el tiempo de recambio entre narradores no podía superar los dos minutos; y era obligatorio que hubiese siempre, como mínimo, diez personas escuchando en el público. Narré varias veces en español ante el público árabe y con traducción simultánea. ¡Fueron 80 horas y 32 minutos de narración ininterrumpida! Cuando la jueza subió al escenario en la cena de despedida y anunció que habíamos ganado el récord, la carpa estalló en fiesta. El certificado oficial me llegó a casa casi un año después.

En concreto se trató de 80 horas y 32 minutos de historias, leyendas y cuentos llegados de todo el mundo a Marruecos. Los 106 narradores de 33 países y 21 lenguas maternas lograron así el Guinness de narración ininterrumpida, récord no superado a la fecha. Entre ellos estuvo La Juje, que aportó relatos nacionales, historias jujeñas y hasta adaptaciones de cuentos lomenses.

—En ese festival lleno de idiomas diversos, ¿cómo logró conectar con narradores de culturas tan lejanas?

—La oralidad es un idioma universal. Me pasó una anécdota preciosa antes de dar una masterclass para los guías de turismo de Marrakech. Yo andaba con mi sombrerito jujeño naranja con tulmas de colores. De pronto, se me acercó un narrador de Londres muy famoso, chiquito como un duende, llamado Sef Townsend, que narra cuentos en siete idiomas. Me miró, sonrió y me dijo: “Argentina... y empezó a cantar: Había una vez una vaca...”. Nos pusimos a cantar los dos abrazados, en medio de la plaza, la canción de María Elena Walsh ante cientos de personas que no entendían la letra, pero se contagiaban de nuestra alegría. Fue mágico ver cómo nuestras historias y la obra de María Elena trascienden cualquier frontera.

Sanar el alma

A pesar de sus laureles internacionales, Graciela no se marea. Al regresar de Marruecos, volvió a ponerse los zapatos de abogada y, fundamentalmente, siguió con el voluntariado solidario para sanar el alma.

—¿Por qué sostiene que la palabra tiene un poder transformador?

—La palabra es maravillosamente sanadora porque pasa por el corazón y genera una comunicación directa entre las almas. Una vez, en Pinamar, y otra en Jujuy, me pasó que chicos con autismo severo que no se dejaban tocar por nadie, reptaron, se me abrazaron a la pierna mientras yo contaba y no me querían soltar. Ellos no perciben que los estás educando ni retando: perciben que vas a transmitirles amor compartiendo una historia.

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—En un mundo tan acelerado y dominado por lo visual, ¿por qué cree que el ser humano sigue necesitando que le cuenten cuentos?

—Porque la palabra nos devuelve a nuestra esencia más pura, a cuando nos reuníamos alrededor del fuego en las cavernas para evitar morir. Yo veo historias en todos lados. En diciembre fui a retirar mi documento al correo de Lomas; hacía un calor espantoso, había blackout en las ventanas y los empleados trabajaban como locos clasificando paquetes. Vi a un nene de siete años aburrido en la cola, lo llamé y le dije al oído: “Vení, mirá por la ventana. Son los duendes de Papá Noel que están preparando los regalos. No tienen presupuesto para el traje, pero mirá cómo trabajan”. El nene entró de inmediato en la fantasía y toda la gente de la cola empezó a reírse. Le cambiamos la energía a ese lugar gris. Contar historias es mi cable a tierra. Y como siempre digo, es mi forma de jugarle una jugada a la muerte. Cuando venga a buscarme, le diré: “No, esperá, todavía tengo muchos libros que leer y muchas historias más por contar”.

Quizás ahí esté la clave de la historia de Graciela Joaquín: entre el rigor de los expedientes de Tribunales, la nostalgia de La Quiaca, las historias de pastor de su padre sirio y la magia de aquellas noches en Marrakech, ella eligió el oficio de escribir en el aire. Encontró en los cuentos el mejor camino para mantener encendida la fantasía y para tender puentes invisibles entre almas.

Su voz nos devuelve a la tibieza de la primera fogata y nos recuerda que, aun en tiempos de pantallas y apuro, siempre habrá alguien dispuesto a detenerse y escuchar una buena historia bien contada.

Llevando mundos a la Puna

Desde 2021, una camioneta cargada con unos 400 kilos de libros recorre los caminos de la Puna jujeña. Al volante viajan Graciela Joaquín y su marido, Cristian Bensel, impulsores de “Que los libros lleguen a todas partes”, un proyecto de mediación lectora autogestionado y autofinanciado que busca acercar libros y narraciones a escuelas hogar y bibliotecas de lugares como La Ciénaga de Santa Catalina, Cangrejillos, Yavi Chico, Abra Pampa y La Quiaca.

Los libros llegan gracias a donaciones de amigos y conocidos. Después comienza el viaje por caminos de cornisa, largas distancias y condiciones climáticas extremas. “La lectura es un derecho, no un privilegio de la distancia”, resume Joaquín.

“Más que el mero hecho de transportar libros, somos mediadores de sueños. No solo entregamos libros; construimos puentes culturales y afectivos”, explica la narradora oral, que busca que cada biblioteca pueda convertirse en un espacio de encuentro con la lectura y que el libro deje de ser un objeto lejano para transformarse “en un mejor amigo”.

En su historia personal también está parte del origen de esta tarea. Graciela creció en La Quiaca y conoció el silencio de una ciudad sin librerías. Hoy vuelve a esos paisajes con libros y narraciones para acercar a las infancias la posibilidad de imaginar otros mundos.

“Hoy devolvemos a las infancias la posibilidad de imaginar otros mundos”, dice. En cada viaje, entonces, los libros no solo llegan a destino: también construyen un puente entre quienes los donan, quienes los llevan y quienes esperan para abrirlos.

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/conversaciones-de-domingo/una-abogada-y-narradora-participo-de-una-maraton-de-relatos-en-marrakech-que-se-extendio-durante-80-nid27092026/

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