Otra mirada sobre el estrés
Durante su doctorado, el científico Christian Poensgen se topó con un problema que al principio creyó técnico. Quería medir la relación entre estrés y rendimiento, pero sus sensores no logra...
Durante su doctorado, el científico Christian Poensgen se topó con un problema que al principio creyó técnico. Quería medir la relación entre estrés y rendimiento, pero sus sensores no lograban distinguir a un participante estresado de uno entusiasmado: mismo pulso acelerado, misma reacción en la piel. Para saber qué le pasaba a cada uno tuvo que dejar de medir y empezar a preguntar. Hoy trabaja como coach ejecutivo y escribió junto a Eric Partaker Ultraproductive: The 90-Minute Method to Optimize Focus, Sleep, and Stress, que se publica a fines del próximo octubre y del que dan un adelanto en el newslletter de Nir Eyal.
Los especialistas sostienen que el cuerpo emite una sola señal y somos nosotros quienes le ponemos el significado. Y ese significado pesa. Según la Escuela de Salud Pública de Harvard, el 85% de los estadounidenses cree que el estrés daña su salud, su familia y su trabajo.
Un estudio que siguió a unos 30.000 adultos durante ocho años encontró que el estrés alto elevaba 43% el riesgo de muerte, pero solo entre quienes creían que era dañino. Los que vivían con mucho estrés sin esa creencia tuvieron la mortalidad más baja de toda la muestra. La tesis del libro es que no nos enferma solo la presión, sino la historia que nos contamos sobre ella.
¿Cómo empezar a ver el “lado productivo” del estrés? Poensgen se apoya en David Yeager, que en un paper publicado en Nature en 2022 (seis ensayos con más de 4500 personas) propuso una “mentalidad sinérgica”: dos creencias que solo funcionan juntas. Estas son las primeras ideas: primero, resignificar la respuesta del cuerpo. El corazón que late fuerte antes de una presentación no avisa que algo se rompe, sino que el sistema se prepara: más oxígeno, más alerta. En plena crisis de 2008, los gerentes de UBS que veían el estrés como un potenciador reportaron menos dolores de cabeza y fatiga, y más satisfacción con su vida. Además, su cortisol sube, cumple su función y baja rápido, que es justamente lo que evita que el estrés agudo se vuelva crónico.
Dos, resignificar el desafío. Acá entra Carol Dweck: con mentalidad de crecimiento, el problema deja de ser un examen público y se vuelve un entrenamiento. Nir Eyal lo plantea en Beyond Belief: quien tiene agencia no lee el obstáculo como un “pará”, sino como un “adaptate”. Tercera idea, escribirse una carta. Poensgen pide a sus clientes que expliquen, con sus propias palabras y como si le hablaran a un amigo, por qué el estrés los ayuda. Parece ingenuo; pero dice que es de lo más efectivo.
Finalmente, fijar “metas de estrés”. Elegir hasta tres desafíos difíciles y significativos, el propio Everest, para que la tensión tenga adónde ir. Las suyas fueron terminar el libro, hacer 20 repeticiones de press de banca con su peso corporal y cortar a horario para regalarles tres horas diarias a su mujer y sus hijos. No se trata de romantizar al estrés ni salir a buscar más presión, sino dejar de pelear con una señal que igual va a llegar e intentar elegir qué significa para nosotros.
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/economia/negocios/otra-mirada-sobre-el-estres-nid26092026/